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Blog de Miguel Izu

Mi cuaderno de bitácora para navegar en seco

8 Abril 2014

El federalismo malentendido

Resulta complicado ser federalista, como quien esto escribe, en este tiempo y en este lugar. Principalmente porque la mayoría de quienes oyen nuestros argumentos los interpretan desde una lógica nacionalista que nos es ajena y entienden otra cosa. Como cuando el corrector de Word utiliza el diccionario de inglés para corregir un texto en castellano y señala como incorrectas casi todas las palabras. La solución no es corregir las palabras sino cambiar de diccionario.

Aclararé que, aunque pocos se definen como nacionalistas, prefieren llamarse a sí mismos patriotas, abertzales, constitucionalistas, catalanistas, vascos, españoles, desde el siglo XIX vivimos en una cultura nacionalista. Entiendo por tal la mentalidad que considera que el mundo se halla dividido naturalmente en un cierto número de naciones cuyas fronteras aparecen perfectamente delimitadas en los mapas, que cada persona nace y crece en el seno de una nación a la que debe fidelidad absoluta ya que es su patria, la sagrada tierra de sus padres. Considera que las naciones son soberanas, eternas, ostentan derechos inalienables e irrenunciables sobre un territorio indivisible y poseen una unidad espiritual plasmada en una historia, destino, cultura, lengua o carácter comunes. La nación, su existencia, su soberanía o su unidad no son negociables.

Partiendo de tales premisas, desde el nacionalismo español, el que cree en la soberanía y unidad de España, se rechaza el federalismo diciendo que nunca va a servir para satisfacer las reivindicaciones de los nacionalismos periféricos. Dan por supuesto que el federalismo no es sino un paño caliente que aplicar a las tensiones territoriales, un recurso que se saca del cajón y se ofrece como alternativa a la independencia cuando los nacionalismos secesionistas se ponen pesados (por desgracia, algunos supuestos federalistas, sí, me refiero al PSOE, practican tal federalismo y dan pábulo a esa interpretación). España ya es el país más descentralizado del mundo, añaden quienes desdeñan el federalismo como mera cataplasma contra los nacionalismos, dato más que discutible pero que, en todo caso, revela otra confusión, federalismo y descentralización, que no son lo mismo.

Desde los nacionalismos periféricos, catalán, vasco o gallego, los que creen en la soberanía y unidad de Cataluña, Euskal Herria o Galicia, se rechaza el federalismo con el argumento de que solo pretende salvar la sagrada unidad de España ofreciendo una cara más amable, pero que en todo caso se empecina en un proyecto que niega la soberanía de las naciones sin Estado originarias. Todo lo que no sea el reconocimiento de esa soberanía, que por ser innegociable justifica exigencias unilaterales y, en última instancia, la independencia unilateral prescindiendo de un marco jurídico que no puede condicionar ni vincular a una nación a la que es ajeno, no es admisible.

Desde ambos nacionalismos, estatal o periférico, tienen razón. El federalismo no sirve para dar satisfacción a sus aspiraciones. Pero es que los federalistas, al menos algunos, no pretendemos satisfacer a los nacionalismos. El federalismo como cataplasma, efectivamente, no funciona. El federalismo no es fácilmente compatible con el nacionalismo porque parte de supuestos dogmáticos distintos.

El nacionalismo parte de la idea de nación soberana, de la soberanía como la cualidad de no tener ningún poder superior, de disponer de un poder no limitado por nadie. El federalismo parte de la idea de pacto entre partes iguales que acuerdan compartir y limitar sus respectivos poderes en aras de la convivencia y de intereses comunes. En el ámbito federalista a veces se habla de soberanía compartida, un oxímoron que, en realidad, es una manera de negar la existencia de soberanía. El poder absoluto, sin límites, sobre el que se asienta la idea de soberanía, no se puede compartir. Si se comparte, desaparece, no es soberano. Como casi todo lo que atañe al ser humano (menos la estupidez, como apuntó Einstein), el poder es limitado. La soberanía no es sino una ficción jurídica, una de las muchas ficciones que es necesario elaborar para hacer que funcionen determinadas instituciones. La ficción jurídica consiste en que a algo que no es cierto, o que no sabemos si es cierto, el ordenamiento jurídico trata como si en todo caso fuera verdad porque resulta útil. Hacemos como que las personas jurídicas son personas y que  tienen voluntad, hacemos como que todo el mundo conoce las leyes porque se han publicado, o hacemos como que una persona ha sido notificada de una multa porque se ha publicado en un boletín oficial porque resulta más práctico que enviar a un funcionario en su búsqueda una vez que el cartero no le ha podido encontrar en su casa. Hacemos como que una persona ha muerto porque ha transcurrido cierto plazo desde su desaparición, aunque no tengamos prueba de que así haya sido, o como que un menor de edad ha aceptado una herencia, aunque en realidad él ni se ha enterado, quien lo hace es su representante legal. Hacemos como que las embajadas son territorio del Estado representado aunque se hallen en la capital del Estado ante el que está acreditado el embajador. Hacemos como que Mónaco es un Estado soberano, o que Andorra lo es tanto como los Estados Unidos.

La idea federalista no nace para organizar internamente una nación soberana preexistente ni para unir varias naciones distintas igualmente preexistentes y soberanas, que es la interpretación que han dado los nacionalistas con posterioridad, a fines del siglo XIX en Alemania o en el Imperio austro-húngaro. Los primeros teóricos del federalismo, Hamilton, Jay, Madison, autores de los Papeles Federalistas cuando se elabora la Constitución de Estados Unidos, no contemplaban ninguna de ambas situaciones porque todavía no existía ninguna nación, ni tampoco sucede nada de eso en la creación de otro de los primeros estados federales, Suiza, se trataba de unir unos cantones con una gran diversidad lingüística y cultural que habían logrado sustraerse de la dominación feudal del Antiguo Régimen y que quieren seguir defendiendo su independencia frente a los imperios del siglo XIX. Lo fundamental es el poder compartido y pactado, la gestión en común de lo que es común y la autonomía para gestionar lo que es propio.

Frente a los principios de soberanía, ejercicio unilateral, independencia, integridad territorial y unidad nacional o cultural propia del Estado nacional, el federalismo invoca los de pacto, negociación multilateral, codependencia, asociación voluntaria, libre determinación y pluralismo. El federalismo moderno ha de avanzar hacia la aceptación de un Estado posnacional no basado en otra soberanía que la de los ciudadanos expresada en la ley y elaborada a través de instituciones participativas que combinen la democracia directa con la representativa, que busquen la cercanía de las decisiones mediante la descentralización, que posibiliten la convivencia mediante el respeto de las diferencias culturales, lingüísticas, políticas, religiosas, de identidad. El federalismo ofrece herramientas para manejar las dificultades y contradicciones con que se enfrentan las complejas sociedades modernas, cada vez más plurales, más interdependientes económica, política y socialmente, insertas en un mundo globalizado también crecientemente complejo. El federalismo ofrece soluciones para la convivencia en países tan plurales como España, pero no soluciones para las contradictorias aspiraciones de los nacionalismos enfrentados en su solar, aspiraciones imposibles de conciliar. Por cierto, el nacionalismo tampoco sirve como cataplasma para calmar a los federalistas.

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26 Marzo 2014

La sentencia del Tribunal Constitucional sobre la declaración soberanista de Cataluña

Esta vez estoy completamente de acuerdo con el Tribunal Constitucional. No hace sino decir lo obvio. La Constitución no permite la soberanía de Cataluña ni de ninguna otra comunidad autónoma. Basta leerla un poco. Y la consulta será legal si se hace conforme a la ley. Vale. El problema es que esta sentencia no soluciona nada. Se deriva al terreno jurídico un problema que es político. Don Tancredo Rajoy podrá anotarse una victoria en el terreno jurídico, pero resulta que la liga que importa es otra. Cada día que pasa sin mover ficha se aproxima más la independencia de Cataluña. Los que no deseamos independizarnos de los catalanes sino seguir viviendo con ellos buscando fórmulas que nos permitan apañar, más o menos, la convivencia durante unos cuantos años, lo tenemos crudo. Entre los separatistas y los separadores nos acabarán rompiendo la baraja.

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12 Diciembre 2013

La pregunta

Vaya por delante que defiendo el derecho de los catalanes, y de cualquiera, a ser consultados sobre todo lo que les afecte, incluido si quieren la independencia o no. Pero la doble pregunta que se anuncia hoy no me convence nada. Como no creo en la soberanía y creo que el Estado nacional, como forma de organización política, debe de ser superada, si yo fuera catalán (o si la pregunta me la formularan a mí en relación a mi tierra) contestaría que no a la primera pregunta (¿Quiere que Cataluña sea un Estado?) y ya no podría contestar nada a la segunda (En caso afirmativo: ¿Quiere que sea un Estado independiente?).

Pero lo que menos me ha gustado es lo que declara mi compañero de ICV Joan Herrera al respecto: “Pasaremos a decidir, desde la soberanía, si somos federales, confederales o independientes. Esto es lo que permite la pregunta. La relación con España solo puede ser de igual a igual”. Vamos a ver, ese planteamiento exige que si Cataluña quiere ser una nación o un Estado que se va a relacionar de igual a igual con España, España (entiendo que se refiere al resto-de-la-actual-España-menos-Cataluña) deberá decidir si quiere ser una nación o un Estado como Cataluña. Yo, la verdad, ni creo que España (entendida como resto-de-la-actual-España-menos-Cataluña) sea una nación o un Estado como Cataluña ni creo que deba de serlo, si me preguntan. Y pienso que si Joan Herrera cree que España (entendida como resto-de-la-actual-España-menos-Cataluña) es o debe ser una nación o un Estado que trate de igual a igual a Cataluña, por el mismo principio democrático que invoca a favor de que sean consultados los catalanes debería exigir que seamos consultados también todos los no catalanes de España (entendida como resto-de-la-actual-España-menos-Cataluña) sobre si queremos ser una nación o un Estado como Cataluña o queremos ser otra cosa. En fin, que con ese planteamiento tienen razón quienes dicen que, de hacerse una consulta, debería hacerse a todos los españoles.

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26 Noviembre 2013

IU y el CGPJ. No lo entiendo.

Pues no, no entiendo a santo de qué IU ha entrado al pasteleo del nombramiento de nuevos miembros del Consejo General del Poder Judicial. Entre otras cosas, porque llevo varios días esperando tener noticias de los órganos de dirección de IU o del grupo parlamentario de Izquierda Plural, pero no he encontrado ni una triste nota en la web o unas declaraciones de alguno de nuestros dirigentes a los medios de comunicación dando las razones para apoyar el cambalache como parientes pobres del PSOE que tuvo la deferencia de dejarnos una silla.

¿Qué hemos ganado? ¿Qué han ganado del ciudadanos? ¿Qué ha ganado la justicia? Por favor, me lo expliquen, o me envíen a casa la parte que me toque de las ganancias.

Cuando tantos ciudadanos dicen que todos los políticos y todos los partidos son iguales yo lo niego. Pero, en este caso y solo en relación con el CGPJ, voy a tener que callarme.

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21 Octubre 2013

De Parot a Homs

A lo largo del día de hoy se hace pública la sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos sobre la denominada doctrina Parot. A estas horas todavía no la conozco; dicen los rumores que confirmará la sentencia de primera instancia que consideró incompatible esa doctrina con el Convenio Europeo de Derechos Humanos. Ya veremos. En todo caso, diga lo que diga esa sentencia, es obvio que su aplicación es obligada por los poderes públicos del Estado español; esa es la esencia del Estado de Derecho, que los poderes públicos se someten al derecho, no solo los ciudadanos. Con frecuencia nuestros gobernantes proclaman con satisfacción que ha funcionado el Estado de Derecho, hablan del triunfo del Estado de Derecho, pero suele ser cuando se han producido detenciones o condenas de supuestos terroristas u otros criminales. El Estado de Derecho parece, en la visión que ofrecen, una persona muy antipática empeñada solo en reprimir y castigar. Pero el Estado de Derecho se manifiesta igualmente cuando se absuelve, cuando se deja en libertad y cuando los presos que han cumplido sus condenas se reinsertan en la sociedad. Por mucho que duela, o que moleste, o que parezca injusto (a las víctimas directas suelen dolerles todo lo que no sean condenas contundentes a los criminales, pena de muerte incluida para los asesinos, y eso es humanamente comprensible, pero la época del ojo por ojo ya pasó). Y también cuando el condenado es el Estado.

Así que, sea el pronunciamiento del Tribunal el que sea, será un triunfo del Estado de Derecho y habrá que acatarlo sin tratar de burlarlo con las “ingenierías jurídicas” mencionadas en España alguna vez por políticos poco imbuidos de lo que realmente implica el Estado de Derecho.

Entre tales políticos parece que está Francesc Homs, consejero de Presidencia de la Generalidad de Cataluña y entrevistado ayer domingo en El País. Preguntado sobre las dificultades para que la Cataluña independiente que él propugna consiga ser miembro de la Unión Europea, a la vista de que sus tratados exigen unanimidad de los estados miembros para aceptar a uno nuevo, contesta literalmente: “Yo no he visto nunca decisión a nivel internacional que se tome atendiendo literalmente a la literalidad del derecho. Las decisiones se toman siempre con la literalidad de los hechos consumados. Hay muchos casos”.

En román paladino: si interesa saltar por encima del derecho y aplicar la fuerza de los hechos, se hace. Todos sabemos que con frecuencia es así. Proclamar un Estado de Derecho no significa que, automáticamente, los poderes públicos quedan sometidos a la ley y su comportamiento va a ser siempre ejemplar. Por el contrario, en la propia esencia del poder está la tendencia al abuso, a rebasar los límites, a tratar de pasar por encima de las leyes. El Estado de Derecho es una lucha constante por someter al poder. Por eso hay que mantener tantos medios de control, tantos órganos que vigilen a los que mandan, tantos otros órganos que vigilen a los que vigilan. Por eso el Tribunal Europeo de Derechos Humanos revisa lo que ya decidió el Tribunal Constitucional español, que a su vez revisó lo que había dicho el Tribunal Supremo, que a su vez revisó lo que había dicho otro tribunal, y así sucesivamente. El Estado de Derecho no garantiza que siempre, siempre, siempre, los poderes públicos se someten al Derecho. Solo que van a funcionar mecanismos de control para tratar de que sea así la mayor parte de las veces y para corregir los abusos.

A nivel internacional es donde menos podemos considerar que exista un Estado de Derecho. Principalmente, porque no hay un Estado organizado de modo que se garantice el sometimiento de todos a la ley. Solo tenemos una serie de organizaciones internacionales débiles, mal organizadas, con pocos recursos para controlar y someter a los poderosos, incluyendo unos tribunales internacionales de justicia todavía muy embrionarios. Por eso en las relaciones internacionales sigue primando, mucho más que el ámbito interno de los estados, la pura fuerza bruta sobre un cúmulo de tratados, convenios y declaraciones que la mayor parte de las veces quedan en papel mojado. Esto es evidente y todos sabemos que funciona de este modo, que queda mucha lucha por el Derecho pendiente. Ahora bien, una cosa es que lamentablemente eso sea así y otra cosa es que se utilice como argumento. Si el señor Homs defiende la fuerza de los hechos sobre el derecho se coloca en mala posición para defender ningún derecho, ni el derecho a decidir, ni el derecho de autodeterminación, ni el derecho a la independencia, ni el derecho de Cataluña a pertenecer a la Unión Europea. O para defenderse de quienes le opongan la fuerza de otros hechos, incluida la acción de la fuerza armada.

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5 Julio 2013

La nueva situación en Egipto

Con frecuencia la política implica tener que elegir entre lo malo y lo peor. Y a veces uno ni siquiera tiene claro dónde está cada cosa. Pero hay algunas cosas claras; un golpe de Estado es un golpe de Estado. Justificar uno significa justificarlos todos. Sí, el presidente egipcio democráticamente elegido era un poco autoritario y los Hermanos Musulmanes no parecen muy partidarios de la democracia, pero imponer la democracia manu militari tampoco es democrático. Nada justifica hacer la vista gorda y disimular que en Egipto ha habido un golpe de Estado como hace el Gobierno español en su comunicado sobre "la nueva situación en Egipto", sin mojarse ni llamar a las cosas por su nombre.

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19 Junio 2013

SANDECES, MENTIRAS Y VERGÜENZA AJENA

Alucinante. Uno cree que ha visto ya de todo, pero no. La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida que dice la canción, pero casi cada día. Me viene preocupando desde hace tiempo el descrédito de los políticos, pero no tengo más remedio que reconocer que cada vez es más merecido. Y no se trata de que los políticos sean incompetentes, corruptos o criminales. Es que es mucho peor. Algunos son idiotas.

Todo esto viene a cuento de la proposición no de ley que el PP ha presentado en las Cortes Valencianas con el objetivo de que el ejecutivo valenciano inste a la Real Academia Española para que reconozca en su Diccionario que el valenciano es una lengua propia diferenciada de la lengua catalana. Un despropósito.

Primero, por lo de instar a la Real Academia Española qué es lo que tiene que introducir en el Diccionario. Se supone que se trata de una institución científica, lo que debiera vedar que desde ninguna instancia política se le hagan indicaciones sobre qué tienen que decir o dejar de decir.

Segundo, porque hay que ser muy atrevido (qué atrevida es la ignorancia, decía un profesor que tuve en el colegio) para decir una tontería semejante como la de que el habla de los valencianos viene de la prehistoria y se escribe desde el siglo VI antes de Cristo. Por supuesto, en la prehistoria en lo que hoy es la Comunidad Valenciana y en casi todo el mundo había gente que hablaba algo. Con el mismo motivo se puede afirmar que en la prehistoria están los orígenes de cualquier lengua, incluido el esperanto.

Y tercero, porque además de ignorante y audaz hay que tener poco aprecio por la verdad para decir que el Diccionario de la RAE incluye desde 1970 la definición del valenciano como una variedad de la lengua catalana pero que en 1959 definía al valenciano como "lengua hablada en la mayor parte del antiguo Reino de Valencia" y pedir una vuelta a la definición de 1959. Al mentiroso se le pilla antes que al cojo, y más desde que existe Internet. En 1959 o, mejor, en la edición de 1956, la 18ª, ya que en 1959 no hubo edición, el Diccionario decía del valenciano lo mismo que las ediciones anteriores: “Dialecto de los valencianos” (“una de las variedades del catalán”, añadían las ediciones de 1884 y de 1889).  Pese a lo que el secretario perpetuo Julio Casares afirmaba en el Boletín de la Real Academia Española en 1959, que no era sino una opinión, la siguiente edición, la de 1970, definió al valenciano como “variedad de la lengua catalana que se habla en la mayor parte del antiguo reino de Valencia”. En 1992 se precisó la definición, que es la vigente: “Variedad del catalán, que se usa en gran parte del antiguo reino de Valencia y se siente allí comúnmente como lengua propia”.

Es muy legítimo si en el PP valenciano no quieren hablar catalán y prefieren hablar otra cosa. Pero que sean un poco más serios.

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18 Junio 2013

Permisos y diligencias

Tan malo como que el responsable de relaciones laborales de la CEOE, José de la Cavada, propugne la disminución de los permisos laborales es que lo defienda con argumentos ridículos que indican que, o bien es un ignorante, o bien piensa que los demás somos idiotas. Este sujeto dice que el Estatuto de los Trabajadores "se hizo pensando que los viajes se hacen en diligencia, pues se dan cuatro días para un permiso por defunción que, evidentemente con los vehículos que hay ahora, se trata de horas de desplazamiento, o a veces de una hora". El permiso por defunción de un familiar se introdujo en la ley del contrato de trabajo de 1931, cuando la gente ya no viajaba en diligencia sino en coche o en tren, y tenía como duración solamente un día. Hasta la ley de relaciones laborales de 1976 no se amplía ese permiso a dos días, tres días si se tiene que hacer desplazamiento, que en esa época tampoco era en diligencia, ya había autopistas y talgos. Y la regulación actual donde el permiso es de dos días y de cuatro cuando hay desplazamiento se implanta en 1980. Aunque a lo mejor lo de la diligencia es una traición del subconsciente que revela la añoranza por los tiempos en que la gente viajaba en diligencia ya que entonces  esos permisos simplemente no existían.

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