Un triunfo del Estado de Derecho
De vez en cuando políticos y periodistas se llenan la boca con frases del estilo "el Estado de Derecho funciona", "esto es un triunfo del Estado de Derecho", "se ha aplicado el Estado de Derecho".
Por desgracia casi siempre que se dice es porque han detenido a alguien, o han ilegalizado un partido, o han rechazado una candidatura electoral, o alguien ha sido enviado a la cárcel. Y digo por desgracia porque se ofrece la imagen de que el Estado de Derecho es un sujeto antipático y vengativo dedicado en cuerpo y alma a prohibir, reprimir y condenar.
El Estado de Derecho, por fortuna, es mucho más que eso, por no decir que es otra cosa. El Estado de Derecho es el que actúa cuando alguien es absuelto o dejado en libertad porque no se han presentado pruebas que destruyan el principio de presunción de inocencia; el Estado de Derecho nos garantiza que no puedan deternos sin motivo, irrumpir en nuestro domicilio o pinchar nuestro teléfono. Nos garantiza que los poderes públicos no actúen arbitrariamente sino sometidos a la ley, y si se extralimitan nos ofrece diversas vías para recurrir o reaccionar contra los abusos.
El Estado de Derecho se manifiesta también cuando el Tribunal Supremo decide que la asignatura de Educación para la Ciudadanía no viola los derechos de nadie y que no cabe oponerle objeción de conciencia. Algunos de los que en otras ocasiones más se han llenado la boca con el Estado de Derecho han pretendido minar uno de sus fundamentos: que todo el mundo, ciudadanos y poderes públicos, estamos sometidos a la ley. Han intentando (y algunos van a seguir intentando) hacer de su capa un sayo y reclamar el privilegio de pasar por encima de la ley cuando no coincide con sus intereses políticos o ideológicos. Y han pretendido reconvertir el derecho a la educación, derecho que corresponde a los hijos, no a los padres, en una caricatura, en la facultad de cada familia de acudir al supermercado para elegir una educación reducida a artículo de consumo según sus gustos y caprichos, y además exigir del Estado que renuncie a su papel de proteger unos valores comunes de convivencia social para limitarse a ser el que pague en la caja.
Aunque no siempre el Estado de Derecho funcione bien (como toda maquinaria compleja, necesita atención y mantenimiento constante, cuidar el suministro de energía y un buen servicio técnico que repare las averías y vaya cambiando las piezas deterioradas), en este caso sí podemos decir que ha sido un triunfo del Estado de Derecho.
