La realidad es de derechas
La realidad es de derechas, por eso hay que cambiarla. La realidad social viene siendo de toda la vida desigualdad, despotismo de quienes detentan el poder, sea económico o político, injusticia y sálvese quien pueda. La contrarrealidad a la que debemos aspirar pasa por la igualdad, el uso controlado del poder, la justicia y la solidaridad.
El caso es que en estos momentos de crisis en las elecciones al Parlamento Europeo se vuelve a imponer la derecha, y algunos se sorprenden que no sea la izquierda la que saque provecho de la insatisfacción con el sistema que nos ha llevado a esta situación de recesión y paro creciente. Les sorprende que los electores vuelvan a apostar por la realidad, en vez de apostar por el cambio. A mí no me ha sorprendido el avance de la derecha en toda Europa, creo que tiene razones perfectamente explicables.
El elector de derechas, el que básicamente está satisfecho con la realidad, esto es, con el sistema económico y político existente, sin perjuicio de hacerle algunas correcciones y de tratar de mejorar su situación personal conforme a las reglas imperantes, sigue fiel a los partidos que lo representan fundamentalmente porque le ofrecen un discurso coherente que además es el discurso que quiere oír. Un discurso que vale lo mismo cuando hay crisis que cuando no la hay, lo mismo en España que en Letonia o en Swazilandia. Fe en el libre mercado, en la competencia individual, en la no intervención del Estado (salvo para mantener la moral tradicional), en la bajada de impuestos, en el límite del gasto público, en la flexibilización laboral. Un discurso que no está en crisis, aunque lo parezca. Es cierto que con la actual crisis los Estados de pronto se han puesto a intervenir en la economía, ahí tenemos incluso la General Motors intervenida por el gobierno que teóricamente encarna más señaladamente el sistema capitalista. Pero ojo; no es un cambio de paradigma sino sólo una transitoria solución de emergencia. No se trata de que el Estado intervenga con propósitos sociales, como ha reclamado históricamente la izquierda, esto es, para imponer la redistribución de recursos y asegurar un mínimo a toda persona. El Estado interviene a favor del capital y únicamente para salvar el sistema. Las multimillonarias ayudas que se han sacado de la chistera no van a los pobres, a los parados, o los hambrientos de los países pobres. Van principalmente a los bancos. Cuando las cosas mejoren se volverá a la normalidad, ningún gobierno está poniendo en cuestión seriamente el sistema. Y en situación de crisis y desconcierto, nada como el recurso al nacionalismo, del que siempre se beneficia la derecha. No es que el nacionalismo ofrezca soluciones para nada, pero ayuda a la movilización y a mantener prietas las filas.
Por parte de buena parte de la izquierda, fundamentalmente la de orientación socialdemócrata o laborista, no se puede ofrecer un discurso igualmente coherente frente a la crisis. El problema viene de atrás; hace muchos años que asumió como propio el grueso del discurso de la derecha y apostó por el neoliberalismo económico. Mientras la economía parecía ir bien, no entró en contradicciones insalvables; seguía justificándose con un barniz progresista basado en ciertas políticas tímidamente sociales y de tolerancia en materia de costumbres limitadas siempre en no poner en cuestión los fundamentos del sistema económico. En situación de crisis ya no puede seguir ofreciendo el mismo discurso (como sí puede hacerlo la derecha), lo ha agotado y ya no convence a su electorado, y no tiene otro de recambio. El resto de la izquierda transformadora o alternativa que sí ha ofrecido y ofrece un discurso de alternativa al sistema tampoco logra movilizar a un electorado crecientemente escéptico en el que han arraigado los valores conservadores difundidos desde la propia izquierda. Esa izquierda está fuertemente debilitada desde fuera y desde dentro. Desde fuera porque se le margina de los medios de comunicación de masas y en los aparatos de propaganda pública; desde dentro por su tendencia a la fragmentación y al enfrentamiento interno y la incapacidad para sumar fuerzas a través de candidaturas unidas (cosa que la derecha hace con mucha más facilidad).
En estas elecciones Izquierda Unida queda en tablas; ni sube ni baja respecto del año pasado, aunque sí baja respecto de las elecciones europeas de 2004. Una lectura optimista puede llevar a afirmar que ha tocado fondo. Una lectura pesimista que está estancada y sin capacidad de reacción. Para salir de tal situación es obvio que hace falta un revulsivo; no basta la renovación de la dirección y la pacificación interna operadas en los últimos meses. Ese revulsivo podría ser la refundación pendiente y que poco ha avanzado en estos meses, y que sólo tendrá sentido si logra recuperar el espíritu fundacional de unir en un proyecto común a las diversas organizaciones, corrientes y sensibilidades que existen en la izquierda para conseguir ampliar su espacio electoral, institucional y social.

Itzain dijo
Comparto el análisis; me parece que explica muy bien el panorama, durillo, que afrontamos. Es muy oportuna la acotación en torno a los socialdemócratas, cómodamente instalados en el neoliberalismo, pero haciendo como que no... Es perfectamente aplicable a PSN y Nabai.
Pero sinceramente, creo que hoy por hoy IU también tiene una pata en ese campo. ¿Quizás CCOO, quizás el vértigo de quedarse sola, u otras cuestiones la atenazan? ¿Tan dificil es una alianza entre las diversas familias realmente de izquierda?
9 Junio 2009 | 03:22 PM