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La Coctelera

Blog de Miguel Izu

Mi cuaderno de bitácora para navegar en seco

27 Septiembre 2010

No están las cosas como para no hacer huelga

             Si se tratara solo de una reforma laboral, una más, puede que no hubiera motivo para hacer una huelga general como la convocada el próximo 29 de septiembre. Si sólo habláramos de facilitar el despido, teniendo en cuenta que lo llevan facilitando cada vez más desde hace veinte años y que antes de esta reforma ha sido muy fácil mandar a varios millones de trabajadores al paro, quizás la huelga fuera una medida un poquito exagerada. Lo de hacer el despido más barato ya es más grave, pero, bueno, nadie está pensando en que lo vayan a despedir (hasta que le toca).

             Pero no se trata solo de una reforma laboral. Es un trámite más del largo proceso de desmantelamiento del Estado de bienestar o de lo que la Constitución española llama un Estado social y democrático de Derecho. Ese Estado que pactaron en Europa tras la II Guerra Mundial principalmente la socialdemocracia y la democracia cristiana como alternativa tanto al capitalismo salvaje como al régimen soviético que se había instaurado como reacción al mismo. Se trataba de mantener una economía capitalista o de mercado pero con equilibrio entre el capital y el trabajo, garantizando una serie de derechos sociales y económicos con una cierta redistribución de la riqueza a través de sistemas fiscales progresivos, un régimen de seguridad social, servicios públicos potentes y unas relaciones laborales tuteladas por el Estado. Ese pacto se ha venido abajo en las últimas décadas desde que los adalides del neoliberalismo (los Reagan, Thatcher y demás discípulos) decidieron que la amenaza bolchevique había pasado y que se podían revocar las cesiones que los dueños del capital habían hecho a favor de los asalariados. Aclaremos aquí en pocas palabras qué es el neoliberalismo; a diferencia del liberalismo clásico que creía en la economía de mercado, pero en el ámbito de un mercado nacional que debía ser más o menos regulado por un Estado nacional a cuya configuración contribuyó decisivamente, el neoliberalismo cree en una economía de mercado globalizada cuyo ámbito es todo el planeta y que no se sujeta a ninguna regulación. Al contrario, es el capital (conocido por el eufemismo de "los mercados", que no son sino los mercados financieros, o sea, las decisiones de quienes mueven los capitales de aquí para allá decidiendo qué país hunden o qué país compran) el que impone sus condiciones al Estado.

             Esta estrategia ha tenido éxito a través de sucesivas reformas liberalizadoras de los mercados (de capitales), medidas privatizadoras de todo el sector público (sobre todo de los bancos públicos, privando al Estado de poder económico), reformas fiscales siempre en el sentido de favorecer a las rentas de capital frente a las de trabajo, reformas de los sistemas de protección social para limitar las aportaciones del capital aunque signifique reducir prestaciones, reformas presupuestarias para limitar el gasto público (reduciendo la capacidad redistributiva del Estado), reformas laborales para reforzar la posición de las grandes empresas frente a los trabajadores. Aunque el mayor éxito ha sido ideológico. Se ha logrado que la mayor parte de la población de los países desarrollados crea que esas reformas son imprescindibles para que la economía siga funcionando y que los sacrificios siempre van a ser temporales y necesarios para asegurar futuros beneficios. Se ha logrado que la mayoría no repare en que los beneficiados son siempre los mismos que han logrado revertir el mecanismo de resdistribución de la riqueza a su favor, de modo que los ricos son cada vez menos pero cada vez más ricos, que no se cansan de acumular más y más, no sólo dinero sino sobre todo poder.

             El éxito de la cruzada neoliberal ha alcanzado su apogeo este año. Ante una crisis económica provocada en última instancia por la aplicación de sus propias recetas que hizo a algunos afirmar precipitadamente que el capitalismo estaba en peligro de muerte o que había que refundarlo, ha reaccionado dando un par de vueltas de tuerca más. Salvado el negocio gracias a la intervención estatal en el sistema financiero y a abundantes ayudas públicas, los dueños del capital lo han agradecido dictando a los Estados las condiciones del ajuste que exigen bajo amenaza de romper la baraja. En otros tiempos esto exigía dar un golpe de Estado violento (su paradigma, el de Chile de 1973). Ahora el golpe de mano es tan sutil que casi pasa inadvertido. En mayo pasado al Gobierno español "los mercados" le dieron un ultimátum; Zapatero agachó obedientemente las orejas y explicó que no tenía más remedio que hacer lo que le exigían en contra de su voluntad (ajuste presupuestario, reforma laboral, reforma de las pensiones) y lo presentó como un acto de suma responsabilidad. En una democracia un presidente del Gobierno no puede declarar que cambia de política y que va a tener que hacer lo contrario de lo que figuraba en su programa electoral salvo si disuelve el parlamento y convoca elecciones para pedir el respaldo de los ciudadanos con su nuevo programa, o como mínimo si pide la renovación de la confianza al parlamento. Si ninguna de esas opciones es posible, lo más digno es dimitir e irse a casa. Pero no, aquí se ha decidido subordinar la soberanía popular al dictado de "los mercados" que unas veces hablan a través del Wall Street Journal, otras a través de la canciller alemana, otras del Banco Central Europeo y muy frecuentemente a través de la Comisión o el Consejo de la Unión Europea.

             Allá por 1981 ante un golpe de Estado que resultó frustrado los ciudadanos nos lanzamos a la calle para reivindicar la democracia. Para que el golpe de Estado económico no triunfe algo habrá que hacer.

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Observador subjetivo

Observador subjetivo dijo

Os invito a leer los motivos por los que he decidido apoyar la huelga general, en este post:

http://observadorsubjetivo.blogspot.com/2010/09/huelga-huelga-hue...

27 Septiembre 2010 | 03:00 PM

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