Jueces y cabrones
Más vale que la señora magistrada que espetó eso de “y encima se ríen, los cabrones” a unos acusados que estaban siendo juzgados ha decidido abstenerse. Contrariamente a lo que ella ha alegado, sí estaba en duda su imparcialidad. La imparcialidad de los jueces no implica que no puedan pensar, de antemano, que los acusados son unos cabrones. Supongo que es inevitable que la mayoría de las veces, y más si lo que se juzgan son casos de terrorismo con asesinatos de por medio, a los jueces no sólo les venga a la mente ese epíteto sino muchos otros más fuertes. Pero lo que podemos exigir a un juez es que durante el juicio no manifieste ninguna emoción hacia los acusados, que no solo se abstenga de insultarlos sino que ni siquiera deje traslucir el mínimo sentimiento hacia ellos y hacia los hechos que está juzgando. En otras palabras, que debe permanecer impasible e imperturbable. Ello es indicio de que, al margen de lo que piense o sienta el juez, es capaz de controlar perfectamente sus emociones. Y puede darnos la confianza a todos los ciudadanos que le pagamos el sueldo que a la hora de deliberar y emitir la sentencia será capaz también de mantener ese mismo control sobre sus emociones y no dejará que sus prejuicios, creencias, ideas, manías, simpatías o antipatías (que, sin duda, como todo ser humano ha de tener) interfieran en la decisión. En eso radica la imparcialidad; no en si piensa o no piensa que los acusados son unos cabrones, que muchas veces efectivamente lo serán.
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