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La Coctelera

Blog de Miguel Izu

Mi cuaderno de bitácora para navegar en seco

10 Agosto 2012

Asaltar supermercados

No me resisto a participar en el tema de la semana, en el debate sobre el asalto de supermercados protagonizado por Juan Manuel Sánchez Gordillo y otros miembros del Sindicato Andaluz de Trabajadores. Como en tantos otros debates las opiniones suelen estar bastante delimitadas en función de la mayor o menor cercanía política con el protagonista. Dado que como él pertenezco a IU, podría posicionarme a favor; dado que suelo identificarme con una corriente interna bastante alejada de la suya, podría posicionarme en contra o, cuando menos, desmarcarme del tema. No voy a hacer ni una cosa ni otra, sino ofrecer algunas reflexiones al respecto que permitirán que me apedreen dialécticamente desde ambas posiciones.

1. Hay que cumplir la ley. Partamos de la base de que en una sociedad civilizada hay que cumplir la ley. No sólo lo creo sino que mi profesión consiste en hacer cumplir la ley. Así lo proclamamos en los propios estatutos de IU al proponernos como objetivo “transformar gradualmente el sistema capitalista económico, social y político, en un sistema socialista democrático, fundamentado en los principios de justicia, igualdad, solidaridad, respeto a la naturaleza y organizado conforme a un Estado de Derecho, federal y republicano”. El Estado de Derecho consiste en que todo el mundo debe respetar la ley, empezando por los poderes públicos, y por ello hay que establecer diversos mecanismos de control para asegurar que ello es así.

Claro está que no siempre se cumple la ley. No siempre la cumplen los poderes públicos y siempre que ello se produce debe denunciarse y combatirse. Más cuando la norma que se incumple es la ley de leyes, la Constitución, que en nuestro país va camino de estar hecha unos zorros. Pero que quienes están al cuidado de hacer cumplir las leyes con frecuencia sean los primeros en ignorarla no disculpa a nadie de su cumplimiento.

Tampoco los ciudadanos cumplimos siempre la ley. Al contrario, podemos aplicar aquello de que quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Todos alguna vez hemos cruzado un paso de peatones con el semáforo en rojo, o hemos superado el límite de velocidad al conducir un automóvil, o hemos aceptado una factura sin IVA, o hemos pisado el césped donde estaba prohibido, o hemos introducido jamón ibérico u otro producto en un país donde estaba prohibido ocultándolo de los aduaneros. Y todos vemos a diario casos más graves de fraude fiscal, infracciones de la normativa laboral o de Seguridad Social, agresiones de las normas de protección ambiental, infracciones urbanísticas, etc. En realidad, en este país el respeto por la ley es bastante escaso; es más frecuente oír a cualquier ciudadano alardear en un bar de cómo ha burlado la ley que oírle presumir de ser un puntual cumplidor de ella. El mal de despreciar el derecho se extiende de los gobernados a los gobernantes, que lo ven como una carga, un obstáculo para sus propósitos, una argucia de leguleyos, funcionarios, jueces u opositores para frenar su actuación, una dificultad que debe sortearse buscando los asesores adecuados para encargarles los informes necesarios para dar una apariencia de legalidad, para buscar las grietas de las normas o las interpretaciones más favorables por arriesgadas que sean, para dilatar en su caso los recursos que se interpongan contra sus actuaciones y asegurar que las eventuales sentencias contrarias resulten ineficaces.

A veces la violación de las leyes produce simpatía. A todos nos ha pasado con las películas de atracos perfectos; nos ponemos instintivamente de lado de los atracadores, sobre todo si están interpretados por Sean Connery o George Clooney. He de confesar que últimamente, como resultado de mi indignación con la crisis económica y social provocada en buena parte por la banca, cuando leo en un periódico que han atracado de verdad un banco tiendo también a alegrarme y a simpatizar con los atracadores, pero sé que es un fenómeno patológico y enseguida me digo que no debemos pensar con las vísceras, que atracar bancos fuera del cine está feo. Confieso también que me producen más simpatía Sánchez Gordillo y sus asaltantes de supermercados que los propietarios de los supermercados; pero sé que en estas cuestiones no podemos limitarnos a decidir quién nos despierta más o menos simpatía, que para algo los seres humanos estamos dotados de razón y de valores y principios.

A pesar de todo, a pesar de la escasa cultura jurídica y democrática que tenemos, a pesar de que ocasionalmente incumplimos las leyes, a pesar de la indignación por tantas injusticias, en el fondo sabemos que las leyes están para ser cumplidas. Si nos pillan en una infracción, si no tenemos una buena excusa o una buena defensa, sabemos que no tendremos más remedio que acatar la correspondiente sanción, sea una multa, una retirada del carnet de conducir, incluso una pena de prisión. Sabemos que así ha de ser, que la alternativa es la ley de la selva o la ley del revólver que hemos visto en tantas películas del Oeste.

Asaltar supermercados va contra la ley. Esto es bastante obvio. Los productos colocados en los estantes de cualquier supermercado tienen propietario y no se debe privar a ningún propietario, arbitrariamente y por la fuerza, de su propiedad. Por eso no se debe asaltar supermercados.

2. Desobediencia e insumisión. Todo lo dicho no está reñido con otra afirmación, que a veces ante leyes injustas lo que debe hacerse no es cumplirlas sino rebelarse, desobedecerlas y denunciarlas para que sean abolidas. A lo largo de la historia de la humanidad hay muchos ejemplos de personas que han desobedecido las leyes y, sin embargo, no se consideran como delincuentes sino como héroes. Desde Julio César al cruzar el Rubicón, desde los asaltantes de la Bastilla pasando por Mahatma Gandhi al recoger sal del mar o por Martin Luther King al boicotear los autobuses en Montgomery, hasta los insumisos españoles al servicio militar (o los médicos que actualmente se plantean atender a los sin papeles contra la ley que les va a excluir de la asistencia sanitaria). Todos ellos desobedecieron leyes que estimaban injustas; pero, al mismo tiempo, sabían que la ley está para ser aplicada y que sus acciones les podían llevar a la cárcel (o a la muerte, de lo que era consciente César al proclamar lo de alea jacta est). Y, en su caso, pasaron resignadamente por la cárcel, cumplieron sus sanciones. Porque, precisamente, la fuerza de la desobediencia civil consiste en enfrentar a los gobernantes y a toda la sociedad con la desagradable evidencia de que en esos casos la aplicación de la ley tiene resultados injustos y conseguir, en última instancia, que se cambie la ley. El insumiso no pretende impugnar el principio de que la ley debe cumplirse, ni pretende estar excusado de su cumplimiento. Está dispuesto a sufrir todo el peso de la ley, pero para cambiarla.

Aclaremos ya; el asalto de supermercados no puede catalogarse como una campaña de insumisión o desobediencia. Sus promotores no pretenden que se cambie la ley para que cualquiera pueda entrar con un carrito y llevarse lo que quiera. No denuncian la injusticia de que haya que pagar en caja para hacer la compra. Que yo sepa no han hecho un llamamiento a la población a asaltar masivamente todos los supermercados de este país. Tienen otros objetivos.

3. Asaltar supermercados como estrategia política. Aunque no sea una campaña de desobediencia es evidente que se trata de una campaña política. Se trata de denunciar, no la injusticia de tener que pasar por caja en el supermercado, sino la injusticia de que en este país haya gente con dificultades para llenar la cesta de la compra, para comer todos los días, mientras hay dinero a espuertas para salvar bancos. La injusticia de que el peso de una crisis económica causada en última instancia por los que más tienen esté recayendo, una vez más, en los que menos tienen.

Comparto al cien por cien la denuncia. Pero creo que el método no es el apropiado. No se debe combatir la injusticia con otra injusticia. Y creo que, aunque de forma leve, el asalto de supermercados es injusto. Para empezar, es perfectamente arbitrario que un grupo de ciudadanos se autoconceda el derecho de decidir dónde, cómo y cuándo. ¿Por qué Mercadona y no Hipercor? Sí, lo mismo hacían Robin Hood y Curro Jiménez, otros dos ilustres y literarios o cinematográficos héroes que robaban a los ricos y protegían a los pobres y que también tienen mi simpatía como espectador. Pero con métodos no justificables en la vida real. Que cada cual se atribuya el poder de juzgar cómo combatir a los malos, quiénes son los malos, a quién atracar o “expropiar”, nos conduce directamente a la ley de la selva, no a ese sistema socialista democrático de los estatutos que compartimos Sánchez Gordillo y yo. Ley de la selva en la que sí creen, por cierto, nuestros rivales ideológicos, los adalides del neoliberalismo. Liberalización, desregulación, privatización, competitividad, mercado lo más libre posible. Contra toda evidencia, creen que la lucha de todos contra todos en el marco de un Estado mínimo es la que proporciona orden y prosperidad. Ni creo en eso ni en su reverso, que la guerra de guerrillas nos llevará a una sociedad mejor.

4. El éxito del asalto de supermercados. Pese a no compartir el método, no tengo más remedio que reconocer que Sánchez Gordillo y los suyos se han apuntado un tanto. No sólo han conseguido que su denuncia llegue a la ciudadanía al conseguir la atención unánime de los medios de comunicación y que se abra un debate sobre su actuación, sino que han puesto de manifiesto la contradicción e hipocresía de nuestras autoridades. En un país donde el aparato del Estado es mucho más que tolerante con el fraude fiscal, con la corrupción, con los abusos de las grandes empresas, con los delitos económicos y, en general, con los delitos de cuello blanco, donde para ir a la cárcel hay que cumplir el doble requisito de infringir la ley y ser pobre (los que infringen la ley pero tienen medios económicos suficientes rara vez la pisan, o lo hacen por períodos muy breves de tiempo, como lo sabe esa mayoría de ciudadanos que se pregunta si Urdangarin llegará a ser detenido en algún momento y no hace falta decir de qué lado están las apuestas), en un país que concede amnistías fiscales, en un país donde la Justicia funciona con una desesperante lentitud y no sólo en este mes de agosto de tradicionales vacaciones judiciales, la respuesta al asalto de supermercados ha sido fulminante. Están claras las prioridades del ministro del Interior, invisible por completo en tantos otros casos, que se ha apresurado a lanzar todo el peso de la ley contra los miembros del Sindicato Andaluz de Trabajadores. El Gobierno ha quedado desenmascarado.

5. Aplíquese la ley con todo rigor. Si se hace con justicia, si es igual para todos, si las sanciones se aplican con proporcionalidad, si el rasero es el mismo para Sánchez Gordillo y los suyos que para otros infractores que actúan con traje y corbata (pagado por ellos o no, me refiero al traje), supongo que deberán ser ejemplarmente castigados con quedarse sin merienda.

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mikis

mikis dijo

Hola Miguel Izu,

Coincido tanto en calificar esto como delito menor y discutible (robar pan en la vieja Roma no era delito si iba acompañado de hambre), pero delito al fin, así como también coincido en el punto que se ha marcado Gordillo en cuanto al símbolo como denuncia de situación límite a la que está llegando un muy considerable número de familias.

Pero lo que me ha movido a hacer comentario ha sido que según leía la introducción me he acordado de aquella comparación de la cultura Berlusconi con la admirada figura de “el de la vespa”. El que cuando se le cierra el semáforo pasa con la vespa a la acera, recorre unos metros y, saltándoselo, continúa su camino ante los ojos admirados de peatones y conductores esperando el verde. Berlusconi es el de la vespa, el que le juega una jugarreta a los jueces con alguna triquiñuela legal y consigue salir airoso.

Pues bien, el asunto es que aquí se está siguiendo esta tendencia por parte de la mayoría (¿aún?) de los votantes de este triste país. Se les ha votado en Valencia en situaciones flagrantes como el gran vespasiano Fabra, o Camps saltándose el semáforo o R. Costa, el bigotes-Gurtel o todos y cada uno de los implicados. Pero también hay casos espectaculares donde se ve como a base de retrasos y sospechas pedrojotianas sobre el juez o la limpieza estricta del proceso judicial de los asuntos de Urdangarín, v.g., todo el mundo está pendiente de ver como éste finalmente se subirá a la acera y saldrá airoso. Su esposa ya lo ha conseguido en contra de la jurisprudencia y recomendación para otros casos del Trib. Superior.

Y permanecemos atentos a la pantalla con Bankia para ver como se escapan Rato, Blesa, Acebes y cia. Las técnicas son conocidas por todos, se pone el ventilador para esparcir la mierda, se crean sospechas, se alargan ad eternum los procesos, etc.

En fin que, como decían un comentario en algún periódico, si escamoteas unos milloncejos en algún asunto financiero todo son miramientos con la presunción de inocencia de los imputados afines, pero si se te ocurre escupir en la puerta de una sede del PP, entonces analizan hasta el ADN de la saliva del criminal delincuente al que se le ocurrió semejante acto vandálico contra esos mártires y desintere$ados políticos.

Con todo esto no es de extrañar que la justicia esté grandemente desprestigiada y se la considere un pitorreo, cosa de ricos o comprar testigos o jueces o conseguirte buenos abogados-triquiñuelas. Une a eso el límite estomacal al que están haciendo llegar a cada vez más gente, y la bilis se encargará del resto.

No es que se están cargando el estado del bienestar solamente, sino el estado de derecho de añadidura. La paz social empieza a desquebrajarse.

Un saludo

12 Agosto 2012 | 01:47 PM

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